Explorar la propia muerte: lo que aprendemos cuando dejamos de temerla.

Hay una idea que atraviesa buena parte de la terapia transpersonal y que el psiquiatra Ernest Pecci resume sin rodeos: es importante que aprendamos a no temer a la muerte. En su artículo Exploring One's Death, Pecci describe un método clínico para acompañar a personas —algunas sanas, otras en fase terminal— a "vivir" su propia muerte de forma anticipada. En este post explico en qué consiste, comparto algunos de los casos que él relata y añado mi propia lectura.

De las vidas pasadas a la progresión hacia el futuro.

Pecci parte de un terreno ya conocido: la terapia de regresión a vidas pasadas. Allí, guiar al paciente a través de la experiencia de la muerte de una vida anterior permite "revisar esa existencia y sus lecciones" y tomar decisiones más constructivas. Los libros sobre Experiencias Cercanas a la Muerte de Moody, Ring y otros le hicieron pensar que ese mismo movimiento —pero hacia adelante— podía ayudar a quienes se acercan a la muerte real, sobre todo cuando el proceso "remueve ambivalencia y duda".

Su método combina hipnosis profunda con una imagen guía: un espejo empañado, "el espejo del mundo interior", que el paciente atraviesa para llegar a lo que Pecci llama el verdadero hogar del alma. Un detalle que conviene subrayar: él enmarca todo el trabajo dentro de sus propias creencias espirituales y lo rodea de precauciones. Insiste, por ejemplo, en la disposición del paciente ("readiness") como factor imprescindible. No es una técnica que se aplique a cualquiera ni a la ligera.

Qué encuentran quienes exploran su muerte

Al ser conducidos a ese estado, los pacientes describen una luz blanca neblinosa y una sensación de plenitud: se sienten completos, sin necesitar nada, rodeados de amor. Desde ahí surge la pregunta clave: ¿he cumplido el propósito de mi vida?

La respuesta abre dos caminos. Algunos comprenden que sí lo han cumplido y pueden soltar esta vida con serenidad. Otros descubren que aún no, y —según Pecci— a veces la enfermedad remite para darles margen de completar lo pendiente.

Tres historias

El médico amargado. Un colega y amigo, exitoso en su carrera pero convencido de que su vida había sido "un desperdicio", arrastraba resentimientos, depresión y una salud que se desmoronaba. Al ser llevado a la luz blanca experimentó, quizá por primera vez, una aceptación de sí mismo inmediata. Descubrió que su lección era la tolerancia y aprender a recibir, que todavía tenía algo que ofrecer y que, en el fondo, "no se había ganado su muerte". Regresó transformado: su neumonía remitió y acabó fundando, junto a su esposa, una clínica de rehabilitación para personas con discapacidad grave.

De este caso Pecci extrae una observación que me parece la más honda del artículo: gran parte de la agonía al morir no procede de lo que hicimos, sino de lo que dejamos de hacer. Los pecados de omisión —las oportunidades de aprender, crecer y vivir que no tomamos— pesan más que casi cualquier otra cosa.

La directora que no quería mostrar debilidad. Una mujer fuerte, que negaba estar muriendo, encontró en esa misma luz la certeza de haber superado el egoísmo a través de su trabajo y de haber dado a sus hijos lo que necesitaban. Después pudo descansar sin miedo ni dolor, dejó de necesitar medicación y una noche cruzó "con mucha sencillez".

Helen Wambach. Pecci relata también su despedida de la conocida investigadora, atrapada entre su compromiso con el trabajo y el deseo de partir. En la luz reencontró el alma de un amor perdido y comprendió que ya había hallado a la persona adecuada para continuar su obra. Con esa sensación de completitud, soltó su ambivalencia.

Mi lectura

Se puede no compartir el marco espiritual de Pecci —la Cábala, los maestros, los planos del alma— y aun así reconocer un núcleo que resiste el escepticismo: anticipar el final ordena las prioridades del presente. La idea de que muchos morimos angustiados por lo que no vivimos, más que por lo que hicimos mal, dialoga directamente con los cuidados paliativos, con la logoterapia de Frankl y con la vieja práctica de "recordar la muerte" para vivir mejor.

Pecci cierra con una tarea pendiente para su disciplina: hemos aprendido a integrar las lecciones de vidas pasadas, pero todavía tenemos que aprender a acompañar igual de bien la integración de esta vida en quienes están a punto de dejarla. Yo añadiría una cautela necesaria: por su intimidad y su carga emocional, este tipo de trabajo exige formación, prudencia y un respeto absoluto por la persona que se pone en tus manos.

Con Amor

Keyna M. Ruano

Este artículo es una adaptación en español basada en el texto original publicado en el Journal of Regression Therapy. El contenido ha sido reorganizado y explicado con un lenguaje accesible para facilitar su comprensión. Articulo original creado por Hazel Denning Ph D.

Anterior
Anterior

Cuando la experiencia cercana a la muerte deja miedo, no paz.

Siguiente
Siguiente

La "Vista Previa de la Muerte": cuando mirar el final ayuda a vivir el presente.