Lo que callamos, el cuerpo lo grita.

Una enfermedad que empezó con una presión.

Wanda vivía bajo la exigencia constante de unos padres muy ambiciosos. Tenía que rendir, ser perfecta, estar a la altura de lo que esperaban de ella, siempre. A los quince años, agotada por un año de sobreexigencia, su cuerpo dijo basta de la única forma que encontró: enfermó. Le diagnosticaron diabetes.

Mehl lo describe con una frase que me removió: para Wanda, enfermar fue, sin que ella lo supiera, una manera de escapar de una presión imposible. No podía rebelarse abiertamente —en su casa eso era impensable—, así que la rebelión se volvió hacia dentro.

La rabia que no tenía salida.

Lo que más me impacta del caso es esto: Wanda cargaba una rabia enorme que nunca se había permitido expresar. En su familia, enfadarse era "de locos". Así que esa rabia, en lugar de salir, se quedó dentro, apretando.

Mehl lo plantea como hipótesis: toda esa furia reprimida, sin un lugar por donde salir, terminó volviéndose contra ella misma. Y describe algo muy concreto y muy humano: cuanto menos consciente era Wanda de su rabia y su dolor, más medicación necesitaba; y cuanto más empezaba a expresar lo que sentía, menos.

Cambiar la historia que te cuentas.

A lo largo de la terapia, Wanda fue descubriendo las creencias con las que vivía, casi sin verlas: que debía ser perfecta aunque nunca lo lograría; que si se mostraba tal cual era, fallaría; que estar sana era, en el fondo, otra forma de complacer a otros. Creencias que la tenían atrapada.

Al mirarlas de frente —al poder observarlas desde fuera, en vez de vivir dentro de ellas— empezó a soltarlas. Y al soltarlas, algo cambió. Fue aprendiendo a expresar su enfado en lugar de tragárselo, a ocupar su lugar, a dejar de vivir para la mirada de los demás.

Con ese trabajo, su necesidad de insulina se redujo muchísimo. Un año después, había reorientado hacia la vida toda la energía que antes se le iba en sostener su enfermedad.

Me quedo con una idea: el cuerpo a veces habla por lo que nosotras callamos. No digo que toda enfermedad sea emocional. Digo que el estrés sostenido y las emociones que no nos permitimos sentir tienen un efecto real en el cuerpo, y que esto la medicina lo reconoce cada vez más.

Por eso creo tanto en el trabajo interior. Escucharte, comprender lo que has reprimido, darle por fin salida a esa rabia o esa tristeza guardada… puede acompañar tu proceso y aligerar el peso que cargas.

Si alguna vez sentiste que tu cuerpo carga algo que tu voz no ha dicho… quizá merezca la pena escucharlo. Con calma, y acompañada.

Con Amor

Keyna M. Ruano

Este artículo es una adaptación en español basada en el texto original publicado en el Journal of Regression Therapy. El contenido ha sido reorganizado y explicado con un lenguaje accesible para facilitar su comprensión. Articulo original creado por Hazel Denning Ph D.

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